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UN PLAN PARA LA CORTE |
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lunes, 26 de enero de 2009 |
| Hacia la institucionalidad del país |
| Por Adolfo Ferreir |
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Cuesta
entender la persistencia en buscar caminos retorcidos para solucionar
lo que se llama "el problema de la Corte", sin prestarles correcta
atención a los aspectos teóricos, técnicos, políticos e institucionales
en juego. Se argumenta que la Corte seguirá siendo o dejará de ser
"nicanorista"; se discute si tal ministro favorecerá o frustrará la
permanencia de éste o aquel senador entrado por la ventana. Se invoca
inconsistentes "reclamos ciudadanos" de unos cuantos que no entienden
ni saben nada. ¡Polémicas que tienen menor nivel que las de comités de
barrio! ¡Menudencias del truco y retruco parlamentario, donde las
sesiones extraordinarias se convocan como si ardiese Troya y se quedan
sin quórum sin pena ni gloria!
No
se percibe la existencia de un buen plan para enfrentar, desde sus
raíces, el descalabro institucional y político derivado, como fue
previsto, de los desaciertos en la Constitución del noventa y dos, a
los que se agregó el pragmatismo oportunista de la política de mala
calidad. En lugar de recurrirse a los principios fundamentales de la
cuestión, lo que la Constitución y el constitucionalismo permiten, se
redujeron las instituciones a meros remedos, mamarrachos de carnaval.
En el Paraguay, las inspiraciones políticas y jurídicas de la
civilización occidental se fueron y siguen yendo por el caño.
Comprensión
seria y hon- rada, no "a según" las necesidades del momento, y un plan
riguroso y viable, son lo que falta. Si el presidente Lugo quiere dejar
un legado patriótico, tendría que utilizar su prestigio y autoridad
para promoverlo, alejándose de tanta ordinaria inmediatez, pensando y
actuando como se espera lo hagan los líderes democráticos, en lo que
hace a la esencia y a la supervivencia misma de la República, el Estado
de Derecho y la Democracia.
La
comprensión tendría que partir de un sincero diagnóstico de las
deficiencias constitucionales, legales y jurisprudenciales de por qué
el sistema judicial, y en particular la designación de ministros de
Corte, no sólo no funcionan, sino que, por más buena voluntad que se
ponga, jamás funcionará. Serán cada día más destructivos de las
instituciones, si se sigue intentando hacerlos andar como hasta ahora.
Ello implica decisiones políticas de fuste, que deben implementarse con
inteligencias y consensos que llevará tiempo desarrollar, por lo que la
contingencia actual requiere un plan sumamente inteligente y generoso.
El
plan debe proponerse etapas y un calendario para su implementación,
ambas cosas pactadas con grandeza política. Al menos, tendría que
considerar los siguientes aspectos, desarrollándolos minuciosamente.
Primero:
aceptar que los ministros de Corte, en correcta y posible
interpretación constitucional, son inamovibles hasta los setenta y
cinco años de edad.
Segundo:
establecer un cronograma no menor a tres años para lo inmediato y para
preparar la reforma constitucional imprescindible.
Tercero:
concluir con regularidad procesal la designación del sustituto del Dr.
Wildo Rienzi, escogiéndolo de la terna existente, otorgándosele o
negándoselo el acuerdo presidencial, para que la cuestión termine de
una de las dos maneras que legalmente puede.
Cuarto:
hacer un claro, transparente y público acuerdo político para que el
Presidente de la República, el Consejo de la Magistratura, el Senado,
los ministros de Corte y los partidos políticos trabajen conjuntamente,
acorde al plan de reforma y renovación no traumática para la
institucionalidad, de la Justicia, el Poder Judicial y la Corte Suprema.
Quinto:
acordar con los actuales ministros, con inamovilidad previamente
reconocida, eventuales retiros anticipados decorosos, dignos y seguros,
dado que al menos cuatro de ellos han manifestado su disposición a
renunciar, en beneficio de los cambios.
Sexto:
reconocerle al Presidente de la República el principal liderazgo en la
conducción de esta "transición" y en la selección de juristas a ser
invitados a ir integrando la Corte, acompañándolo con sinceridad y
sabiduría para que los criterios que aplique sean los mejores.
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Terna Corte Suprema de Justicia
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