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Cuando se iniciaba en la vida política, Fernando Lugo aparecía frecuentemente rodeado por una serie de personajes de antecedentes patibularios que se codeaban entre ellos por salir en la foto lo más cerca posible del candidato. Con el correr de la campaña electoral, uno a uno, esos impresentables fueron desapareciendo de su alrededor. Intrigado por el método empleado por Lugo para librarse de ellos, indagué a un amigo común, muy próximo entonces a su agenda diaria. "Simplemente los desenchufa", me contestó. "Un día descubren que ya no tienen acceso a su despacho, que Lugo deja de atenderles el teléfono, que se han convertido en invisibles para su entorno principal y... terminan marchándose solos".
Este peculiar sistema puede ser útil durante el tiempo de proselitismo, pero no es usual desde el ejercicio de la presidencia. El poder impone ciertas normas de cortesía y de consideración hacia quienes han sido convocados a colaborar y que, por algún motivo, se han vuelto prescindibles. Es de personas educadas tratar con un cierto respeto a quienes se les ha pedido su aporte a un proyecto. Sobre todo, si el motivo de la destitución no es una traición flagrante ni un vergonzoso acto de corrupción. Pero Lugo en eso es poco obispo. Ni muestra compasión cristiana ni apego a las maneras formales.
Hace exactamente un año solicitaba a su amigo Roberto Paredes, hasta entonces consejero de Yacyretá, su renuncia a través de un insólito mensaje de texto que recorrió el mundo como muestra de que el presidente paraguayo no solo era extravagante en su profesión previa, sino en el modo de despedir a sus colaboradores. Tres meses después lo inédito se convirtió en rutina. Lugo cambió a varios ministros de manera abrupta, sin tomarse el trabajo de anunciar previamente a su partido aliado, el PLRA. La verdad es que ni siquiera los interesados recibieron algún tipo de desvinculación amable.
El caso del empresario Martín Heisecke, uno de los financistas de su campaña, fue el más cruel. Como había rumores de que sería cambiado, el entonces ministro de Industria y Comercio se reunió con Lugo para pedirle una definición antes de partir a una misión oficial al exterior. Recibió palmaditas en la espalda y deseos de buen viaje. Días después, mientras se reunía con empresarios alemanes en la Feria de Hannover, recibió una llamada telefónica del secretario general de la Presidencia. Sus lágrimas frente a los periodistas que lo esperaban en el aeropuerto trasuntaban la innecesaria humillación.
A los otros ministros cambiados en abril pasado, tampoco les fue mucho mejor. Horacio Galeano Perrone, de Educación, estaba en un acto en Caacupé cuando una lacónica llamada de López Perito, lo dejó demudado. Cándido Vera Bejarano, de Agricultura, también se enteró por teléfono. Y, Hamed, de Cancillería, también fue avisado cuando estaba de viaje en el extranjero.
El método no cambió con Carlos Mateo, director de Itaipú. Para quien había sido llevado en andas y vitoreado por sus simpatizantes cuando fue nombrado en el cargo, enterarse en Recife de su destitución a través de una comunicación telefónica del secretario presidencial Miguel Rojas, debe haber dolido como una puñalada. ¿Los motivos? Librados a la especulación de la prensa. ¿Agradecimientos por los servicios prestados? Otro día, señor.
Son prerrogativas del poder, ya se sabe. Pero el poder no obliga a la humillación, salvo que se tenga una concepción omnímoda del mismo. Stroessner podía hacer eso con sus generales y ministros, y nadie decía ni mu. En las democracias civilizadas los estadistas deben adaptarse a los muy humanos y respetables hábitos de la buena educación.
Fuente: Blogs UltimaHora
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