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Los poderes del Estado Imprimir E-Mail
miércoles, 09 de diciembre de 2009
Las últimas encuestas publicadas por la prensa establecen la caída vertical de la popularidad del Presidente, el desprestigio del Poder Judicial, la incredulidad sobre el Poder Legislativo y la creencia que la democracia ha fracasado.

Todos son culpables de esta patética situación. Los políticos, los empresarios, los productores, los trabajadores, todos. No hay quien haya defendido los principios de la democracia, las libertades y las garantías que otorgan los derechos constitucionales. Todos pretendían que la democracia garantizara la riqueza, la eliminación de la pobreza y el desarrollo de toda la sociedad sin cumplir los requisitos previos. Todos pensaban que la democracia, que se restauraba bajo los cañones del 3 de febrero de 1989, cerraría una mala gestión de sesenta y tantos años de ostracismo de un solo plumazo.

Nadie pensó en que la democracia para otorgar esos bienes tiene que ser respetada en todos sus principios. No se puede garantizar el progreso disminuyendo la libertad; no se puede garantizar la riqueza atacando a los ricos ni se puede generar el desarrollo atacando a los productores; no se puede garantizar la seguridad y la Justicia sin buenos magistrados o buenos funcionarios. No se puede provocar la lucha de clases sin poner en peligro todo el sistema.

La conducta de los responsables políticos durante los veinte años que pasaron desde la caída de la dictadura ha sido mala. No se ha buscado la consolidación de las instituciones ni de las normas de la Constitución, a la que no se respetó ni se obedeció.

Los dos partidos tradicionales, que tienen el noventa y nueve por ciento del electorado, se pasaron maquinando enfrentamientos internos y tratando de desalojar a quienes pensaban de manera diferente, con el resultado que está a la vista. Ambos partidos sufren una enfermedad grave, que los disuelve por dentro, y que se encuentra en manos de los protagonistas políticos, para agravarla o convertirla en mortal.

Lamentablemente no se nota, en ningún ámbito, ningún protagonismo de gente patriota que busque devolver a la democracia su vigencia plena. El panorama, surgido del análisis serio de la situación, es desalentador. Se gobierna mal o no se gobierna, o se intenta destruir la institucionalidad desde el gobierno, lo que lleva al país al enfrentamiento y con certeza al fracaso. En veinte años los protagonistas se han esmerado en destruir lo poco que había y han provocado una situación vergonzosa.

La moral ha sido devastada con la conducta del presidente Fernando Lugo, que ha caído en forma decisiva en el pantano de la irresponsabilidad.

El país contempla la presencia de un presidente que se niega a reconocer a sus hijos, como si todavía fuera obispo; una recomendación al pueblo de no cumplir con la ley y los principios.

Un ejemplo pernicioso para un pueblo que necesitaba ejemplos claros.

De este modo, y en carácter decreciente, se fueron estableciendo gobiernos que traicionaron los deseos del pueblo de ser libre, honesto, trabajador y desarrollista. Un pueblo que suspiró por la democracia durante sesenta y un años y que, cuando pudo tenerla, recibió un paquete falso.

 

 

Fuente; La Nacion Digital

 
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